Todo relación entre padres e hijos implica algún tipo de conflicto. Incluso se dice que “el amor alimenta el conflicto”. Mientras haya individuos pensantes, habrá diferencia de opiniones, y eso es positivo. Sin diversidad de intereses, individualidades creativas y poder de convicción seríamos tan aburridos como las palomitas de maíz sin sal.

 

Es muy importante saber reconocer un problema y atajarlo en el momento en que surge. Hay dos formas de solucionar un conflicto: constructiva y destructiva.

 

Las discusiones destructivas hacen trizas la autoestima, inhiben la evolución personal y limitan el desarrollo de nuestro potencial. Además suelen ser discusiones ruidosas, exasperantes y violentas (sobre todo si se producen en un transporte público, cuando se tienen visitas o delante de alguna personalidad).

 

La solución de los conflictos por la vía positiva fomenta la evolución personal y permite que el niño y el padre lleguen a su máximo potencial. Lo bueno es que no sólo es posible conseguirlo, sino que, en realidad, resulta bastante sencillo lograrlo con la ayuda de las nuevas estrategias que usted aprenderá en este libro.

El desacuerdo es normal

¿Es realmente necesario pelearse con sus hijos?

 

Las batallas en toda regla entre padres e hijos suelen ser destructivas, y, a menudo, innecesarias. Si hay que pelear, elija con inteligencia sus batallas. Concéntrese en lo que tiene verdadera importancia, es decir, en temas esenciales. Entre ellos podrían citarse la honestidad, la integridad y la comunicación. Estos temas variarán según su propia escala de valores. Deberá determinar cuál es la importancia real de una situación. En los casos anteriormente citados, Jennifer no va a sufrir perjuicio alguno, ni fí­sico ni psicológico, por el hecho de vivir unos cuantos dí­as más en medio de su desorden y suciedad de preadolescente. Christopher, por su parte, crecerá igual de saludable y fuerte, aunque una noche no se coma la carne. Entable batallas que usted se vea capaz de ganar. Está claro que no ganaría la de la comida. A menos que se ponga en plan abusivo, no podrá forzar a su hijo a comer. Esos problemas deben resolverse de alguna manera; pero, desde luego, nunca mediante una declaración de guerra.

 

¿Por qué no soportan los padres que sus hijos los desafíen?

 

Entonces, ¿por qué razón parecen tan importantes esos pequeños problemas cotidianos, que nos llevan al extremo de pelearnos por ellos?

 

Los enfados y las discusiones acaloradas tienen, en su origen, un sentimiento de impotencia. Muchos de nosotros nos criamos pensando que los padres buenos por definición controlan siempre los actos y la conducta de sus hijos. Así­ pues, cuando un niño se pasa de la raya, puede recurrir al escándalo gigantesco. Intente recordar que el hecho de que su hijo le desafíe no significa, en ningún momento, que usted sea un fracasado como padre.

¿por qué no soportan los padres que los hijos los desafíen?

Se necesitan dos para que haya una pelea

 

Del mismo modo que para que haya una guerra se necesitan dos contendientes, también se precisa más de un participante para que pueda haber pelea. Si una de las personas decide quedarse al margen y deja de picar a la otra, ésta se encontrará sin oponente para pelear.

 

Este libro le propone ví­as para trabajar con su hijo, en lugar de ir contra él; se trata de hallar maneras de solucionar, de forma constructiva, los conflictos normales que surgen en todos los hogares.

 

Al principio, quizá le costará un poco no ser tan niño como su hijo de cuatro años, o tan adolescente como su muchacho. Pero con algo de consciencia y las técnicas que hallará en este libro, que se han revelado eficaces en cientos de familias, incluyendo la mí­a, las peleas y discusiones serán pronto un recuerdo del pasado.

 

Recuerde que se necesitan dos para que hay una pelea.

Se necesitan dos para pelearse